Cuando sentimos que estamos solos, que enfrentamos un problema sin solución aparente, cuando tenemos sueños que parecen imposible y tantas y tantas cosas, es bueno que recordemos que nuestro Dios es un Dios que no tiene límites.

Es el Creador de todo el universo, de todo cuanto existe.

Mire a través de la ventana. Sí, ahora mismo. Todo cuanto le rodea, fue creación de Él y algo más, Dios es nuestro Padre y nos escucha cuando clamamos a Él y, algo más, desea lo mejor para nosotros.

Recuérdelo, es Dios y es nuestro Padre.

Y para asegurarnos una vida de realización y crecimiento, envió a Su Hijo Jesús. Nos hizo vencedores sobre el pecado y la muerte.

Permítame se lo ilustro de una manera muy sencilla.

Los árboles en climas fríos se preparan para el invierno mediante un proceso llamado «aclimatación».

El agua drena de las células para que no se congelen, se expandan y rompan el árbol.

El agua que queda entre las células es tan pura que los cristales de hielo no pueden adherirse.

Los árboles se endurecen en la misma época cada año conforme al calendario fijo de acortamiento de los días.

No arriesgan su vida por el clima, que puede ser inusualmente templado. Confían en el sol, su única certeza.

El Hijo que hizo el sol es aún más confiable.

Él es «la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas», y «todas las cosas en él subsisten» (Colosenses 1:15-17).

¿Quién les dice a los árboles cuándo aclimatarse cada año?

El mismo Hijo que hace que el sol se levante cada mañana y se acueste cada noche, mueve las mareas con la luna, hace girar electrones en cada célula, bombea tu corazón e infla tus pulmones, y te sostiene cuando tu alma está rota.

Lo que mantiene unido el mundo no es una fuerza dentro de la naturaleza, sino una Persona fuera de ella.

La que entró en el mundo para «reconciliar consigo todas las cosas», incluido tú (Colosenses 1:20).

En este mundo impredecible, tienes una certeza: Jesús te presentará «[santo] y sin mancha delante de él» (Colosenses 1:22).

Si me hice entender, es hora de tomarnos un cafecito con Dios. Sí, con el Dios Padre y amigo, que nos ama y nos escucha.

Mientras se bebe el cafecito despacio, conéctese con Él en oración silenciosa, calmada, mental.

Todos alrededor no sabrán que pasa, salvo que usted está tomándose un café. Pero usted sí sabe, está tomándose ese cafecito mientras sostiene un diálogo silencioso, mental y meditativo con el Padre celestial.

Es hora de hacerlo.

No podría despedirme sin antes hablarle de la GRACIA de Dios. Es la oportunidad maravillosa que siempre necesitamos.

Por GRACIA recibimos perdón de nuestros pecados—de todos—en respuesta a un sincero arrepentimiento.

Jesús nuestro Señor ocupó nuestro lugar en la cruz, pagó por nuestra maldad y nos presentó santos y justos delante del Padre.

Fernando Alexis Jiménez sirve a Dios en la Misión Edificando Familias Sólidas. Desde el 2016 dirige el Instituto Bíblico Ministerial y es, actualmente, editor de la Revista Vida Familiar.

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