Con frecuencia queremos llamar la atención de las personas con las que interactuamos. Hacemos algo y, de inmediato, buscamos el reconocimiento. Incluso, procuramos que nos den like en las publicaciones. Un “me gusta” que nos valida. Y nos sentimos bien.

¿Y si a nadie le gusta lo que hacemos?

Se nos complica el panorama porque nos gusta el reconocimiento público, la gloria.

El pionero de la fe, Juan el Bautista, que pudo haber competido con Jesús por seguidores y relevancia, elige una postura distinta: 'Es necesario que él crezca, pero que yo mengue'.

Lo leemos en la Palabra:

Es necesario que él crezca, pero que yo mengue. — Juan 3:3.

Ese es el corazón de alguien libre de un ego enfermizo: quiere que Cristo sea visto, aunque eso signifique que su propio nombre quede en segundo plano.

En una cultura que te grita 'promuévete', Juan el Bautista nos recuerda otra forma de vivir.

Imagine que entrena durante meses junto a alguien más joven, más veloz, con más proyección.

Llega el día de la carrera y usted corre a su lado, marcando el ritmo, protegiéndolo del viento, sacrificando su lugar para que él pueda alcanzar su mejor tiempo.

Usted no aparece en el podio, pero su victoria también lleva su huella.

Eso mismo hace la madurez espiritual: celebra los dones ajenos sin sentirse amenazada, cede el espacio sin resentimiento, aplaude con genuina alegría cuando otro florece.

En la iglesia, el llamado no es acumular protagonismo, sino multiplicarlo en otros.

Piénselo. Usted no fue concebido para buscar gloria y reconocimiento, sino para cumplir un propósito eterno de Dios con su tránsito terrenal.

Permita que Él sea glorificado a través de lo que usted hace.

Es la esencia del cristiano. Que el Padre sea exaltado.

La meta nunca fue su nombre con luces y destellos; siempre fue que el nombre de Jesús fuera el más visible en todo.

Acójase hoy a la GRACIA perdonadora de Dios. Ábrale las puertas de su corazón a Jesucristo.

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