
Cada vez que escuchaba pasos en la noche o en la madrugada, Pablo imaginaba que venían por él. Se encontraba en el corredor de la muerte, como suelen llamar a la sucesión de celdas donde se encuentran los reos condenados a muerte.
Había reconocido sus delitos.
Estaba arrepentido.
Sin embargo, no podía eludir su realidad: estaba condenado a morir en cualquier momento.
Después de una tensa espera, la moneda cayó por el lado de la cara. El jurado se decidió por la cadena perpetua por los asesinatos de Casimir Sucharski, dueño de un club nocturno, y de dos modelos, Sharon Anderson y Marie Rogers, en 1994.
Sus familiares se abrazaron al conocer el fallo.
El padre del condenado, Cándido, sonrió.
Pablo, encadenado, tenía los ojos enrojecidos al irse el jurado. Esa ya era una gran victoria. La decisión de la pena de muerte debía ser por unanimidad. Y esta es al parecer la situación que se produjo, tras algo más de dos horas de deliberación. La acusación ya no podrá pedir de nuevo la pena máxima.
“Tengo una nueva oportunidad y la voy a aprovechar de nuevo”, dijo entre lágrimas. La decisión de conmutarle la pena de muerte se produjo el 22 de mayo de 2019.
Igual con nosotros. Merecíamos morir por nuestra maldad. Sin embargo, para salvarnos, Dios vino al mundo en la persona de Jesucristo. Su humilde nacimiento fue el comienzo de una obra poderosa que el Padre llevó a cabo en nuestro favor.
Desde el momento de su nacimiento físico, el Señor Jesús fue plenamente Dios y plenamente hombre (Colosenses 2:9). Eligió someterse a la voluntad de su Padre y vivir como uno de nosotros.
Durante toda su vida terrenal permaneció como el Hijo eterno de Dios, pero al mismo tiempo con una naturaleza humana sin mancha de pecado.
El Hijo de Dios vino a este mundo para que pudiéramos entender cómo es el Padre. El Señor Jesús dijo: “El que me ve, ve al que me envió” (Juan 12:45).
Al llamarse Hijo del Hombre (Mateo 8:20; Marcos 10.33, 45), Cristo se identificó con nosotros. Caminó entre nosotros, sufrió y murió, asumiendo en la cruz las consecuencias del pecado y nuestras iniquidades (2 Corintios 5.21).
Por más maravilloso que sea el nacimiento de un bebé, lo que ocurrió fue mucho más grande: Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros para que pudiéramos ser reconciliados con Él, todo por su gran amor.
Por la obra redentora de Jesús somos salvos. Él nos hizo libres de la condenación eterna. Vertió su sangre y nos hizo, además de libres, santos y justos y así nos presentó delante del Padre.
Acójase a la GRACIA de Dios. Ábrale las puertas de su corazón a Jesucristo.
Oración:
Amado Dios, gracias por este nuevo día de vida. Gracias por traer perdón a mi vida y limpiar, mediante la sangre preciosa del Señor Jesús, toma mi maldad. Es una nueva oportunidad que deseo aprovechar porque reconozco que he pecado, que merezco la muerte y aún así, recibí perdón de pecados desde la cruz. Someto mi vida en tus manos. Amén.
La Misión Edificando Familias Sólidas es un ministerio cristiano digital que orienta sus esfuerzos en producir y difundir contenidos y herramientas que agreguen valor a la vida personal, espiritual y familiar.