
La muerte es inevitable. Es uno de los temas que aborda la serie de televisión norteamericana “La dimensión desconocida”. Especialmente el segundo episodio de la producción original, que se transmitió el 9 de octubre de 1959.
El protagonista es Lew Bookman, un vendedor ambulante sesentón que ofrece juguetes y baratijas en la calle y es muy querido por los niños del vecindario.
Un día, un hombre joven quien se identifica como la muerte se le aparece a Bookman y le informa que debe morir a medianoche por causas naturales.
Bookman logra convencerla de esperar hasta que él haga "Una venta para los ángeles" —es decir, la venta más grande de su vida— antes de partir. Pero, al darse cuenta de que ha sido engañada, la Muerte decide que, como alguien debe morir a medianoche, elegirá a una niña vecina de Bookman, quien es atropellada por un camión y queda al borde de la muerte.
Bookman, desesperado, le suplica al hombre que viene de la eternidad, que lo lleve a él en lugar de la niña, pero la muerte responde que un trato es un trato.
Entonces el anciano idea un plan: mientras la muerte espera en el cuarto de la niña, él comienza a hacerle su mejor pitch de ventas justo antes de la medianoche, distrayéndola tanto que se le pasa la hora acordada.
Cuando el reloj marca la medianoche, el extraño personaje se molesta porque Bookman le hizo perder su cita, pero como la gran venta ya se ha completado, la muerte decide llevárselo a él en lugar de la niña, quien se salva.
Finalmente, Bookman parte con su maletín de mercancías, comentando que tal vez alguien "allá arriba" necesite algo. La muerte le confirma que, en efecto, lo ha logrado: se ha ganado su lugar en el cielo.
Se trató de un episodio entrañable, con un fuerte componente moral sobre el sacrificio y el verdadero valor de una vida sencilla pero bondadosa.
LA MUERTE ES INEVITABLE
Desde que nacemos, caminamos hacia un destino que la cultura moderna prefiere no mencionar: la muerte. Sin embargo, para quien ha puesto su fe en Cristo, la muerte no es un abismo oscuro ni un final absoluto, sino una puerta. El paso a una nueva vida.
No hay razón para que este tránsito se viva con terror, porque quien camina con Cristo no camina solo hacia la tumba, sino hacia el hogar que Él mismo ha preparado.
La Biblia no minimiza el dolor que la muerte produce; Jesús mismo lloró ante la tumba de Lázaro.
El duelo es real, humano y válido.
Pero junto a ese dolor legítimo, la fe cristiana ofrece una esperanza que no elimina las lágrimas, sino que las transforma: sabemos que la separación es temporal y que existe una reunión futura garantizada para quienes están en Cristo.
Esta esperanza no es un escape de la realidad, sino la apreciación correcta para mirarla.
Vivir conscientes de la eternidad cambia la forma en que vivimos el presente.

UNA VIDA MUY BREVE
Cuando entendemos que esta vida es breve comparada con lo que vendrá, las prioridades se ordenan de otra manera: lo eterno pesa más que lo urgente, y el amor, el perdón y la fe se vuelven más valiosos que el éxito pasajero.
Prepararse para la eternidad no es vivir con miedo a morir, sino vivir con propósito, sabiendo que cada día es una oportunidad para acercarnos más a Dios y reflejar Su carácter a quienes nos rodean.
Ahora, no se aparte de la esperanza que hay en Jesús el Hijo de Dios.
Él le dijo a una mujer atribulada por la muerte de su hermano:
Jesús le aseguró a Marta que Él es la resurrección y la vida, y que quien cree en Él, aunque muera, vivirá. (Juan 11:25-26)
Al final, el mensaje central del evangelio es precisamente este: la muerte ha sido vencida. Cristo murió y resucitó, y en Él, la muerte deja de ser el final de la historia para convertirse en el inicio de la verdadera vida.
Por eso el creyente puede enfrentar este paso con paz, no porque la muerte no sea real, sino porque su poder final ha sido quebrantado.
Nuestra esperanza no está en evitar la muerte, sino en Aquel que ya la venció por nosotros.
¿Y por qué no morimos para siempre? Por la GRACIA de Dios. Por GRACIA, Él perdona todos nuestros pecados en respuesta a un sincero arrepentimiento.
Jesús nuestro Señor murió en nuestro lugar en la cruz. Con su sangre preciosa limpió nuestro pasado y nuestro presente.
Ábrale las puertas de su corazón a Jesucristo.
Oración:
Señor, gracias porque en Ti la muerte no tiene la última palabra. Ayúdame a vivir cada día con la mirada puesta en la eternidad, confiando en tu promesa de vida. Consuela a quienes hoy enfrentan el dolor de la pérdida, y dame la paz de saber que, al final de este camino, me esperas Tú. Amén.
Fernando Alexis Jiménez sirve a Dios en la Misión Edificando Familias Sólidas. Desde el 2016 dirige el Instituto Bíblico Ministerial y es, actualmente, editor de la Revista Vida Familiar.
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