En Dios encontramos siempre consuelo cuando las situaciones son críticas.

¿Dónde estaba Dios cuando yo estaba sufriendo? ¿Por qué me abandonó cuando estaba atravesando la situación más difícil? Quizá habrá escuchado estos y otros interrogantes en los labios de hombres y mujeres que atraviesan por una situación crítica.

Cada vez que ocurre un desastre, surgen preguntas de inmediato: ¿Por qué permite el Señor que sucedan cosas malas? ¿Dónde está Él en medio del sufrimiento?

Estas son preguntas antiguas: Job las hizo, los salmistas también, y los creyentes a lo largo de los siglos han luchado con ellas.

Los pensamientos y los caminos de Dios son más altos que los nuestros. Así lo deja claro en Su Palabra:

Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos. (Isaías 55:8-9 | RV 60)

Dios tiene especial cuidado de nosotros, aunque no alcancemos a dimensionar esa realidad.

No es una respuesta escurridiza; es el reconocimiento de que vivimos en un mundo caído, donde operan leyes naturales, existe el libre albedrío y el sufrimiento toca a todos, justos e injustos (Mateo 5:45).

Dios no es el autor del mal ni planea las tragedias. Sin embargo, Él es soberano: nada escapa a su conocimiento ni a sus propósitos.

Esta verdad está en el corazón de nuestra fe. Dios se duele con nosotros en el sufrimiento y, a la vez, obra de forma redentora en medio de este. No siempre interviene, pero está presente tras el desastre, trayendo consuelo, fortaleza y restauración.

Debemos resistir la tentación de simplificar los caminos de Dios en fórmulas comprensibles.

Cuando no logremos entender sus propósitos, permanezcamos firmes en lo que la Biblia revela: Él es fiel, está presente en el sufrimiento y, al final, triunfará sobre todo mal (Apocalipsis 21:4).

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En Dios encontramos ayuda en los momentos más críticos, porque Él no nos deja solos. Y algo más: el Señor tiene especial cuidado de cada uno de nosotros y nos guía cuando estamos atravesando un sendero oscuro.

Él nos muestra la salida de la encrucijada.

Pero hay algo más: el Señor perdona todos nuestros pecados en respuesta a un sincero arrepentimiento. Nos extiende Su GRACIA. No solo a mí, sino a usted, a todos nosotros.

Por GRACIA, es decir, amor y misericordia ilimitadas, nuestro Salvador Jesucristo ocupó un lugar en la cruz en reemplazo nuestro. Lo hizo porque no quería nuestra condenación eterna.

Con su sangre preciosa limpió nuestra maldad y nos presentó santos y justos delante del Padre.

Ábrale hoy las puertas de su corazón a Jesucristo.

Oración

Amado Señor, gracias por traer salvación a mi alma. Lo hiciste por amor, por GRACIA, porque deseas lo mejor para cada uno de nosotros. Me acojo a tu perdón ilimitado de mis pecados, porque deseo emprender una nueva vida. Me arrepiento de mi maldad y reconozco el poder de la sangre de mi Salvador Jesucristo para traer perdón de pecados y vida eterna. Amén.

Fernando Alexis Jiménez sirve a Dios en la Misión Edificando Familias Sólidas y, desde el 2016, es director del Instituto Bíblico Ministerial. @RevistaVidaFamiliar

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