
Dios nos extiende un amor sin límites, pero algo más: nos ofrece su misericordia. No de otra manera se explica que una y otra vez nos ofrezca una nueva oportunidad pese a que hayamos pecado muchas veces, algunas veces de manera deliberada.
El apóstol Pablo escribió en el primer siglo:
"Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia." (Colosenses 3:12 | RV 60)
La expresión utilizada en griego en la carta a los creyentes de Colosas es muy significativa. Literalmente quiere decir “entrañas de misericordia”.
Ser misericordioso (Cf. Efesios 2: 4) significa ser sensible a la miseria y a la aflicción de los demás.
La misericordia es uno de los atributos de Dios, forma parte de su Ser.
Desde el cielo él vio la condición miserable del ser humano, y “fue movido a misericordia”, como lo ilustra la parábola del buen samaritano (Lucas 10:33) y la del hijo perdido (Lucas 15:20).
Descendió del cielo para visitarnos; intervino especialmente para sacarnos del problema.
Dios Hijo vino en persona a la tierra para ocuparse de nosotros; su compasión se manifestó libremente hacia todos los que lo rodeaban y, sobre todo, dio su vida para que nosotros tengamos la vida eterna.
El apóstol Pablo nos invita a imitar a nuestro Dios Salvador, a ser misericordiosos como él.
A menudo nuestros sentimientos son superficiales, nuestras emociones demasiado pasajeras.
Cuando los medios de comunicación informan sobre una catástrofe o un hecho trágico, nos sensibilizamos espontáneamente, pero esto dura poco.
Hijos de Dios, “vistámonos” más decididamente de este carácter, volvámonos a los demás para hacerles bien.
Si se lo pedimos, nuestro Dios obrará para cambiar nuestro corazón, que a menudo es tan duro e insensible, y así hacerlo más parecido al de nuestro Salvador.
Ahora piense, por un instante, que igual usted y yo como padre o madre estamos llamados a tener amor y misericordia por nuestro cónyuge e hijos.
Es un fundamento para edificar familias sólidas.
El amor y la misericordia no solo se expresan, sino que se transfieren y terminan siendo una impronta en la vida de nuestros hijos. Decídase a cambiar en este aspecto.
No podría despedirme sin antes hablarle de la GRACIA de Dios.
GRACIA es la oportunidad para emprender una nueva vida. Jesús nuestro Salvador lo hizo posible al morir en la cruz por nuestros pecados.
Aunque deberíamos morir por nuestra maldad, Jesús se sacrificó por todos nosotros. Vertió su sangre preciosa en el Gólgota para traernos perdón y vida eterna.
Y en su vida, hoy es el día oportuno para acogerse a la GRACIA de Dios y abrirle las puertas de su corazón a Jesucristo.
Oración
Amado Dios y Padre, reconozco la enorme responsabilidad que me asiste como padre o madre, pilar fundamental en este hogar. Sana mi corazón herido y permíteme poder expresar amor y misericordia a mi cónyuge y a mis hijos. Gracias por borrar toda la maldad de mi pasado y ofrecerme una nueva oportunidad.
Fernando Alexis Jiménez es periodista, escritor y teólogo. Sirve a Dios en la Misión Edificando Familias Sólidas y, desde el 2016, dirige el Instituto Bíblico Ministerial.
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